Son muchos los lugares en los que la planificación urbana sigue desarrollándose de igual forma que décadas atrás. Es decir, los planificadores van a los departamentos tradicionales de la ciudad y preguntan cuáles son sus necesidades para después evaluarlas. En cambio, se muestran reticentes (algunos incluso se niegan) a responder a los intereses de otras partes involucradas, tales como residentes, industrias, empresas de servicios y turistas y viajeros. Tenerlos en cuenta es esencial para dar el primer paso hacia una idea de ciudad del futuro.

Acción en lugar de reacción

En muchas ciudades, las personas que viven y trabajan allí tienen contacto directo con la administración de la ciudad, ya sea pagando impuestos electrónicamente, enviando comentarios y quejas a través de una aplicación, u obteniendo información a través de una llamada de teléfono o una consulta a través de la web. Sin embargo, las acciones de la ciudad son a menudo unidireccionales y no permiten interactuar a las personas. Es normal que muchos sientan que no se les tiene en cuenta a la hora de tomar decisiones y que, por tanto, se muestren molestos con el sistema.

En cambio, hacer que la gente participe más estrechamente, proporcionarles información más clara y darles formas de interactuar inculca en ellos un sentido de pertenencia. También fomenta la comprensión de situaciones a veces desagradables; como unas obras aparentemente interminables. Ahora, cada vez que la ciudad toma una decisión, contará con una mayor aceptación de la ciudadanía.

Tomemos un ejemplo de un área completamente diferente: las ciudades de hoy disponen de una amplia gama de sensores que miden los datos ambientales. Estas mediciones se pueden utilizar para informar a los residentes sobre el volumen de partículas en momentos específicos del día, pero estos sensores apenas ofrecen beneficios directos a las personas. Hay que pensar en acciones adicionales. Por ejemplo, se podría informar a la gente acerca de los modos alternativos de transporte existentes cuando existen problemas de contaminación. Esto significa tener la oportunidad de participar activamente en lo que sucede en la ciudad.

El papel de la industria

Son muchos los países que han pasado de centrarse en la tecnología a hacerlo en los servicios. Eso ha afectado también a las industrias, que no solo piensan en sus máquinas o en vender una serie de productos. Un ejemplo de la transformación de productos en servicios puede encontrarse en el sector de los viajes, donde Airbnb ofrece alojamiento a los millones de usuarios que cada día acceden a su página web. Seguramente en el futuro no compremos coches, sino movilidad.

Son muchas las empresas que han ido de la mano de ayuntamientos en materias referentes a la ordenación del territorio, la promoción económica o el turismo. Como resultado, los sectores público y privado se han familiarizado con las estructuras del otro y saben con quién tendrán que hablar para tratar cualquier asunto. Para estas empresas, la ciudad inteligente es más una evolución. Para otros, colaborar dentro de este contexto será más bien una revolución que los obligará a cambiar sus mentalidades y adoptar nuevos enfoques y métodos.

Los modelos de negocio innovadores dan paso a nuevas formas de colaboración

La tecnología es necesaria, pero solo es un medio para alcanzar modelos de negocio que realmente respondan a las necesidades de la ciudadanía. Podemos conectar a los usuarios con cualquier elemento: semáforos, vehículos o marquesinas de autobús, pero si no responden a una necesidad específica, esa capacidad de conexión no servirá de nada.

Imaginemos que una ciudad tiene que recortar gastos y que sus arcas vacías dificultan la inversión en infraestructura moderna y eficiente. En Estados Unidos se está probando un modelo por el que los distritos urbanos se asignan a promotores inmobiliarios, los cuales reforman o construyen según criterios definidos por la ciudad, tales como ‘económico’, ‘inteligente’ y ‘seguro’. La ciudad tiene nuevos y atractivos distritos en los que la gente puede vivir y trabajar, mientras que los promotores inmobiliarios tienen la oportunidad de incorporar diversos modelos de negocio. Uno de ellos podría ser el servicio de seguridad en los barrios residenciales, entre otros.

El promotor inmobiliario es para la ciudad lo que un proveedor era para la fabricación tradicional. En este caso, el desarrollador hace la ciudad más atractiva, proporcionando más tecnologías y servicios. Puede sonar extraño, pero la falta de recursos ha hecho que las ciudades hayan empezado a subcontratar elementos que habrían hecho por sí mismas. Esta es la realidad  ahora están subcontratando elementos que normalmente harían ellos mismos. Esta es la realidad que tenemos que enfrentar, aunque no tiene por qué suceder inmediatamente. ¡Todo lo contrario! Muchas ciudades han comenzado a dar pasos pequeños en la búsqueda de nuevas formas de colaboración. Todo acaba de empezar.